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León y su catedral

León, a caballo entre las tierras gallegas y asturianas y la ancha Castilla, es una provincia de contrastes en la que las montañas se diluyen en los llanos, y los bosques abandonan su espesura para dejar paso al cereal. A orillas del río Bernesga, la capital de la provincia leonesa atesora la historia y la grandeza de un pasado milenario; dos mil años de vida, veintitrés reyes y una larga tradición militar, eclesiástica y señorial, dan forma a la historia de esta acogedora ciudad, en el corazón mismo de la ruta que conduce hacia el Apóstol Santiago.

Los orígenes de la capital leonesa se remontan a los tiempos de la Hispania romana. A finales del siglo primero de nuestra era, el Emperador romano Galba instaló en estas tierras a la Legión VII Gémina de Roma, con el fin de detener el empuje de cántabros y astures. Junto al campamento militar fue creciendo un poblado de civiles, artesanos y mercaderes que encontraron en este enclave un asentamiento definitivo, en el que se construyeron termas, templos paganos y villas de recreo, que dieron origen a la ciudad de León.

Según contaban las crónicas de los peregrinos que se dirigían a Santiago, León era la ciudad ‘llena de todas las felicidades’, en la que terminaba la octava etapa citada en la ‘Guía del Peregrino’ del Códice Calixtino.

Asentada en una vega rodeada de huertos, arboledas y prados, esta ciudad conserva un importante patrimonio histórico-artístico. En la actualidad, su trazado está formado por el antiguo recinto medieval y la ciudad moderna, que se extiende a lo largo del Bernesga. Esa antigua tradición de dar posada al viajero y hospital al peregrino se mantiene viva en la memoria del leonés, recio y hospitalario, que no duda en enseñar las bellezas de estas frías y soleadas tierras, siempre al abrigo de su más hermosa dama: la catedral.

Un recorrido por la ciudad

El recorrido por la ciudad se puede iniciar en la plaza de Santo Domingo, centro neurálgico de León, donde va a morir el casco antiguo y que sirve de arranque al ensanche moderno y comercial de la capital.

Esta plaza debe su nombre a un antiguo convento ya desaparecido y a ella se asoman notables edificios de principios de siglo. En sus aledaños se encuentra la iglesia de San Marcelo, del siglo X, aunque reformada en el XVI; este templo está dedicado al patrono de la ciudad, un legionario llamado Marcellus, degollado en el 298 por convertirse al cristianismo.

La vecina plaza de San Marcelo, popularmente ‘de las palomas’, aglutina otros monumentos de interés, como el antiguo Ayuntamiento leonés, obra del siglo XVI realizada por Juan de Badajoz y Juan del Rivero, o el Palacio de los Guzmanes actual Diputación Provincial, suntuoso alcázar renacentista mandado construir por esta familia noble que, junto a los Luna, fue una de las más influyentes y poderosas de la ciudad.

Pero quizá el edificio más emblemático de esta zona es la Casa de Botines, uno de los pocos que el arquitecto Gaudí proyectó fuera de Cataluña. Este hermoso edificio, de inspiración medieval y resuelto con un inconfundible estilo modernista, sirvió en su día como negocio de tejidos en su planta baja y como vivienda en las superiores.

Abandonando la plaza de San Marcelo , encaminamos nuestros pasos hacia la popular ‘Calle Ancha’, una populosa vía recorrida por coquetos cafés y casas señoriales que conduce directamente a la amplia plaza que sirve de marco incomparable a la catedral de Santa María de León.

Pulchra Leonina

Joya universal del arte gótico clásico que se impuso en Europa durante el siglo XIII y parte del XIV, la catedral leonesa es conocida con el apelativo latino de ‘pulchra’ por la pureza de sus líneas, la belleza de sus vidrieras, asomadas a mínimos muros, y el armonioso equilibrio de sus alturas. Su planta de cruz latina dividida en tres naves, al igual que el crucero y su estructura, muestran la influencia de la catedral de Reims, mientras que sus elevadas agujas recuerdan el perfil del templo catedralicio de Amiens.

Emplazada junto a la antigua muralla romana, en el lugar que hoy ocupa la catedral existieron sucesivamente unas termas romanas, el palacio de los reyes Ordoño I y II, la primera iglesia mayor de la ciudad medieval, que arrasara Almanzor, y un templo románico de finales del siglo XI.

Obra confiada al maestro Enrique, a instancias del obispo Manrique de Lara, la ‘pulchra leonina’ tiene una hermosa fachada principal, flanqueada por las torres del reloj y de las campanas; en el parteluz, la venerada imagen de la Virgen Blanca, cuyo original encontramos en el interior del templo.

Visitar el interior catedralicio resulta impactante; los mejores maestros vidrieros españoles trabajaron desde el siglo XIII en el diseño de cerca de 7.000 metros cuadrados de vidrieras que recorren sus calados y verticales muros. Centenares de ventanales, óculos y rosetones con vidrieras polícromas incrementan la sensación de ligereza del templo, perpetuamente iluminado por un colorido haz de luz que hace si cabe más bella la visita.

El retablo mayor, obra de Nicolás Francés, la Custodia en plata de Enrique de Arfe, el coro, el claustro o el Museo Catedralicio, son algunas de las joyas que atesora el templo. Junto al claustro de la catedral leonesa encontramos la plaza de la Regla, antigua plaza de festejos y ventas de mercaderías controladas por el Cabildo; hoy da cobijo a un hospital que aún conserva la fachada barroca del antiguo palacio de los Marqueses de Prado en Valdetuejar.

El Barrio Húmedo

La catedral abre la puerta a una encantadora visita por el casco antiguo medieval de la ciudad, conocido popularmente como ‘Barrio Húmedo’. Este calificativo se debe a la abundancia de lugares donde remojar suculentas tapas al más puro estilo leonés en los mejores caldos de la tierra.

Plazuelas, arcadas y soportales ofrecen al visitante una de las estampas más típicas de la ciudad; por ejemplo, la Plaza Mayor, que aún conserva su empaque señorial y su tradicional estructura de plaza castellana; conocida en la antigüedad como Plaza del Pan, fue coso taurino y escenario de los fastos de la Corte isabelina.

Las angostas callejuelas del Húmedo recuerdan en el nombre el origen gremial de este barrio: Zapaterías, Azabachería, Platerías… y salpicados en minúsculos locales, con olor a rancio y buen vino, se abren multitud de figones, tabernas y mesones donde deleitarse con el generoso arte del tapeo, antesala de un almuerzo o cena típica en algún restaurante de los alrededores. Al caer la noche, la vida y la actividad no se detienen en el Barrio Húmedo; llega entonces el turno de la gente joven, que abarrota las decenas de pubs de la zona.

Rincones con encanto

Si nos disponemos a callejear por la angostas rúas leonesas, encontraremos rincones cargados de encanto y tipismo: las murallas romanas, la calle de la Rúa, la plaza de los Condes de Luna, con los restos de un antiguo palacio familiar, la iglesia de Palat del Rey, el convento de las Concepcionistas, la iglesia de San Martín, el palacio de Don Gutierre o la plaza del Grano, una de las más apreciadas y recoletas de la ciudad; de suelo empedrado, con iglesia románica y soportales adornando su entorno, en esta plaza se hacían en la antigüedad las ventas de grano. Una fuente con dos niños en el centro representa a los dos ríos que abrazan la ciudad: el Torío y el Bernesga.

Basílica de San Isidoro: joya del románico

Siguiendo las tortuosas calles del casco antiguo podemos acercarnos hasta el Jardín Romántico, un pequeño ensanche en la calle del Cid que guarda en su recogida traza todo el sabor medieval.

Desde sus inmediaciones parten numerosas callejuelas repletas de cafés exquisitamente decorados y, al fondo, la Basílica de San Isidoro. Realizada en estilo románico entre los siglos XI y XII, contiene los restos de San Isidoro de Sevilla, trasladados desde tierras musulmanas en el año 1063.

En la fachada destacan sus dos excepcionales portadas, la del Perdón y la del Cordero, con acabadas muestras escultóricas de la época. Su recogida iglesia da paso a la joya más preciada del edificio, el Panteón de los Reyes, lugar de reposo de veintitrés reyes y también conocido como la Capilla Sixtina del Románico, por la belleza y perfección de las pinturas que decoran sus bóvedas. También merece la pena visitar el museo, donde se guardan Biblias mozárabes, arcas de marfil, el Cáliz de Doña Urraca y hasta la lápida que atestigua la fundación de la ciudad de León, hace dos mil años.

El convento de San Marcos, a orillas del río Bernesga

Con el paso del tiempo, la capital leonesa fue creciendo y se crearon nuevos ensanches convertidos hoy en el centro neurálgico de la ciudad, como la calle de Ordoño II, o el Paseo de la Condesa de Sagasta, situado junto al río y convertido en una de las zonas verdes más frecuentadas por los leoneses.

Al final de este Paseo se encuentra uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, el convento de San Marcos. Casa Matriz de la Orden de Santiago en el reino leonés, fue en su día hospital de peregrinos; su construcción se inició en el siglo XVI, y finalizó en período barroco, con la intervención de Pedro Larrea, Juan de Orozco, Juan de Badajoz el Mozo y Juan de Juni entre otros. Llama la atención su monumental fachada plateresca de cien metros, profusamente decorada con medallones, columnas y pilastras.

Ya en el interior, conviene visitar la iglesia, con planta de cruz latina, la espléndida sacristía, el claustro, renacentista y barroco, y el Museo Arqueológico Provincial, que se encuentra instalado en una de las estancias. Utilizado para diversos fines a lo largo de la historia, este convento llegó a servir de cárcel a uno de los más originales genios del Siglo de Oro español, don Francisco de Quevedo. En la actualidad, se ha convertido en Parador de Turismo de gran lujo, centro de la vida social y de las convenciones y encuentros que tienen lugar en la capital leonesa.

enero 3, 2010 Posted by | Escapadas, Turismo, Viajar | | Deja un comentario